Relato: El amigo de Morfeo.

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EL AMIGO DE MORFEO (by Khris Martinssøn)

 

Einstein tenía razón: el tiempo es relativo. Cuanto más miras el reloj más lento avanzan sus agujas. Son las ocho de la tarde, llevo cinco horas trabajando detrás de esta mesa prestando libros, dejando portátiles, cambiando tejuelos y, además, hoy me toca cerrar a mí. El tiempo se dilata hasta extremos inabarcables. Levanto la cabeza y miro el reloj de la pared de enfrente. Pasa una hora y vuelvo a mirarlo, pero este insiste en que solo han pasado diez minutos. De esta forma inútil la tarde se va extinguiendo. A cuentagotas los universitarios van abandonando el espacio. También mis compañeros se marchan y yo decido ir revisando las mesas por si han abandonado algún libro. 

Aún quedan una docena de estudiantes. Son pocos los que aún están concentrados; el cansancio del final de la jornada empieza a notarse. Uno mira el móvil, otro Facebook en su portátil, un chico y una chica coquetean, el de más allá duerme sobre sus brazos apoyados en la mesa… Solo un par siguen aferrados a sus papeles de tal forma que del examen de mañana dependiera, literalmente, su vida. 

Me pongo a leer el periódico local del día y tras ello otra ronda por la inmensa biblioteca, en la que aprovecho para colocar varios libros. Me sorprende ver que haya personas tan perseverantes estudiando hasta el último momento. «Yo jamás escuché el timbre de cierre de la biblio de mi facultad» –recuerdo con cierto orgullo rebelde. «Claro que así me fue» -me digo con menos orgullo. Aún permanecía sentado el “amigo de Morfeo”. «Me sorprende la capacidad de algunas personas para dormirse en cualquier lugar y en cualquier posición. Yo necesito la comodidad más absoluta y un buen cansancio para dormirme a la primera». 

Diez minutos antes del cierre hago sonar el timbre, que recuerda al patio del colegio. No lo he visto, pero sé que alguno ha puesto mala cara. Por el rabillo del ojo veo como alguno se va encaminando hacia la  salida. «¡Venga, leches!. Que me quiero a casa ya». Otros, más allá, se van levantando poco a poco. 

Apago mi ordenador, recojo mis cosas y vuelvo a dar el último repaso. Recojo dos libros que han dejado y apago varias lámparas. «¿Tanto costará apagar una simple lámpara?». Mientras paseo entre las estanterías me fijo en el cambio sutil del aire. Al vaciarse la biblioteca de lectores otros sonidos nacen para perturbar mi ánimo, poco sereno de por sí. 

Me sorprendo al ver que el que dormía sigue durmiendo. Ahora ya indignada me acerco. «¿Cómo es posible que con el escándalo que produce el timbre este tipo siga sin inmutarse?». Arrastro las sillas cercanas… y no sucede nada. Le toco el hombro con un dedo. 

–  Oye, perdona. Que la biblioteca va a cerrar -le digo medio susurrando, algo absurdo por otro lado si lo que quiero es que se despierte.

       …

– Hola. Eh… -le presiono con más ímpetu. 

«Mierda». 

– Oye, chaval. Que tengo que cerrar -ya a plena voz  y con un empujón en el hombro. Sigue sin moverse. 

Momento en que una corriente eléctrica comienza a subir desde el suelo recorriendo todo mi cuerpo, erizando cada poro de la piel, como gato furioso. Mi cuerpo reflejaba todo el temor. 

«¡La ostia puta! Que no reacciona». 

«Aayy…» -y empiezo a temblar. He visto demasiadas películas de miedo como para saber con total seguridad que si le levanto la cabeza tendrá la cara desfigurada. «Pero cómo va a tener el rostro desfigurado. Que no estás en una película» -me habló a mi misma racionalizando el asunto. Por si acaso, miro a mi alrededor a ver si aún no ha salido la última persona. Pero no tengo esa suerte, ya no hay nadie. «Maldito Einstein. Ahora sí ha pasado rápido el tiempo, ¿no?». 

«¿Qué hago?» A pesar de todo, no me atrevo a tocarlo más. «¿Bajo a conserjería?»

«Que tenga que pasar esto justo el día que me toca cerrar a mí». 

Al fin decido bajar. Me dirigo rápido, por no decir corriendo, hacia la puerta y mirando atrás en cada zancada. Antes de salir me paro y compruebo que sigue ahí. 

«Sí. Ahí sigue». 

Bajo las escaleras a trompicones y, como me temía, a estas horas  en conserjería no hay nadie. Están dando la ronda por el edificio, cerrando las clases. «Mier..coles». Me dirigo a la primera esquina. En el umbral el pasillo se ve inmensamente largo y vacío. Pero al fondo veo una puerta aún abierta. Corro. Al llegar, con los pulmones en la boca, nadie. 

«Coño». Respiro. O lo intento. 

Sonidos en el piso de arriba. Subo de nuevo las escaleras cercanas. Y allí, por fin, encuentro a un conserje. Le explico como puedo, entre respiraciones aceleradas, lo sucedido. El hombre me mira incrédulo, pero ante mi insistencia («¡joder!») decide acompañarme a la biblioteca. 

Al abrir la puerta se oye ruido de una silla al desplazarse. 

– Allí -señalo. Pero allí no hay nadie. Y mi mente se bloquea. «¿Cómo?». 

Veo la cara del conserje transformarse en ira. Me mira y se da media vuelta, balbuceando lo que creo que son maldiciones. 

– No, no, no. Espera. -«No te vayas» grito en mi interior. «He de apagar las luces y cerrar» -. Por favor… -susurro mirando hacia la silla vacía. Una lágrima desciende por mi mejilla.

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